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Entre el altruismo y la supremacía: el Consejo de Seguridad.


Columna de opinión de Julián Ocampo.

En reiteradas ocasiones el Consejo de Seguridad ha sido foco de amplias críticas tanto desde el adentro como el afuera de las Naciones Unidas. Obsolescencia, avidez, estancamiento, e incluso fraude son algunas de las palabras que podrían hacer referencia al común denominador de lo que se suele escuchar desde los sectores acusadores de este órgano.

En los últimos días las declaraciones del Secretario General de las Naciones Unidas, Manuel Beneitez, renovaron las discusiones sobre una posible renovación en la estructura y mecanismos del Consejo. A grandes rasgos, y realizando un análisis superficial de la cuestión, podría decirse que el problema gira puramente en torno a la composición del órgano, y la representatividad internacional que puedan tener hoy los cinco miembros permanentes en relación a los cambios que se han presentado en la coyuntura global desde su constitución. Sin embargo, si nos adentramos un poco más en el tema, podremos distinguir algunas otras conclusiones.

LOS INICIOS
Con el objetivo de mantener la paz y la seguridad luego de finalizada la Segunda Guerra Mundial, el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas se compuso de once miembros. Entre ellos eran cinco los que tenían carácter permanente y derecho a vetar las resoluciones del órgano: Estados Unidos, Reino Unido, Francia, Rusia y China, las cinco potencias consideradas victoriosas en el conflicto bélico. Los restantes seis integrantes alternaban en períodos de dos años, siendo elegidos por la Asamblea General de las Naciones Unidas, y careciendo del derecho a veto.

En 1963, y en medio de las discusiones acerca del nivel de representatividad del órgano, se planteó la modificación a la Carta de las Naciones Unidas, mediante la cual se añadieron otros cuatro miembros no permanentes al Consejo de Seguridad, con el objetivo de garantizar la participación de más regiones. De esta manera, se terminó de estructurar su actual funcionamiento.

LA AMPLIACIÓN
No parece haber una postura única respecto de cómo debería darse una teórica ampliación dentro del Consejo de Seguridad. Rápidamente surgen discusiones que dividen las posiciones en abundantes vertientes.

Una de esas discusiones gira en torno a la necesidad de ampliar la planta permanente del órgano. En este campo el debate es amplio, ya que no solo se trataría de establecer la magnitud de esta hipotética ampliación, sino que aún no queda claro quienes deberían ocupar los lugares, o ni siquiera bajo qué criterios debería hacerse. Una de las variables en este asunto aparece con las plazas regionales: algunas administraciones han introducido la idea de establecer, bajo la misma división geopolítica actual de las Naciones Unidas, una plaza regional permanente a ocupar de manera rotativa por los diferentes países que las compongan.

Por otro lado, los cambios también se piensan de cara a los miembros no permanentes del Consejo. En la búsqueda de que el órgano sea más representativo varios países han exteriorizado sus intenciones de que dejen de ser quince los miembros totales del órgano, manteniendo una proporción igualmente entre miembros permanentes y no permanentes, y sosteniendo también el sistema de representación por regiones actual.

Uno de los focos de conflicto a la hora de pensar una reforma dentro del Consejo se presenta desde el momento en el cual el mismo debe estar de acuerdo con ello. Esto parece una contradicción, sobre todo si consideramos que ante la posibilidad de definirse por la positiva cualquiera de los cinco permanentes puede vetar la iniciativa.


LA CUESTIÓN DEL VETO
Uno de los aspectos que mayor crítica centraliza dentro del funcionamiento de las Naciones Unidas es el poder de veto que poseen los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad. En ese sentido, el principal argumento que se puede encontrar oponiéndose al veto hace referencia a la imposibilidad que posee el órgano de ser resolutivo en cuestiones de alta importancia. Es que en sí mismo el Consejo de Seguridad es el único órgano dentro de la ONU capaz de resolver y actuar de manera efectiva para hacer cumplir sus resoluciones.

Es particularmente en este punto donde las posturas más reticentes a la actual estructura del Consejo de Seguridad encuentran su fuerte, escudándose en la necesidad de realizar una actualización en los mecanismos de resolución del órgano, de modo tal que las medidas a implementar no se puedan ver obstaculizadas por el interés propio de un solo país, o incluso por enemistades ajenas a los conflictos tratados en específico.

Tampoco es la posición “anti veto” una postura homogénea, siendo que existen distintas propuestas a la solución de esta cuestión. Por un lado, se encuentran aquellos que pretenden la eliminación por completo del derecho a veto, sosteniéndose en la necesidad de respaldar todas las decisiones del Consejo de Seguridad en su régimen democrático, para cualquier tipo de procedimiento y sin importar sus involucrados.

En el medio de la cuestión se encuentran aquellos que más allá de reconocer la controversia que implica mantener el derecho a veto, también aceptan la necesidad de mantener un sistema de decisiones posterior a las votaciones. Éste tampoco se trata de un campo completamente unificado. Por el contrario, rondan las propuestas y se evidencian posiciones más cercanas y otras más lejanas al status quo. Algunas de las ideas que se dejan deslizar desde algunas administraciones se basan en la posibilidad de establecer un derecho a veto conjunto, de modo que la decisión final no radique únicamente en un solo gobierno.

De todas maneras, no podemos dejar de lado a los sectores defensores del sistema actual, que aún poseen un gran poder para hacer mantener el status quo. Los aportes de los cinco miembros permanentes hoy siguen representando las principales fuentes de las Naciones Unidas, más allá del enorme crecimiento en los aportes tanto de Alemania como Japón durante la última década.

La posición de las potencias podría resumirse en mantener el funcionamiento actual bajo ciertos pretextos ya conocidos. Por un lado, se mantiene vigente el escudo consecuente de la Segunda Guerra Mundial. En ese sentido las cinco potencias están tácitamente de acuerdo en que su efectividad ha asegurado la inexistencia de conflictos internacionales que pongan en riesgo la paz mundial. Es este también un punto de discrepancia en el mundo de la diplomacia, siendo que numerosos integrantes de las Naciones Unidas critican que en realidad los conflictos existieron, y no solo eso, sino que fueron creados, controlados y sofocados por quienes deberían encargarse de mantener la seguridad, dirigiéndose a los cinco permanentes.

Algo que generó irritación en el seno más conservador del Consejo de Seguridad fue la decisión unilateral del Secretario General de las Naciones Unidas, Manuel Beneitez, de tratar la reforma en las próximas sesiones de la ONU a desarrollar en la ciudad de Mar del Plata (Argentina) en el mes de septiembre, sin haber consultado antes la posición de los miembros permanentes.

LOS CANDIDATOS
En la actualidad son cuatro los nombres que aparecen como aspirantes a una plaza en la membresía permanente del Consejo de Seguridad. Algunos por la importante proporción de aportes que representan para las Naciones Unidas, otros por el crecimiento que han experimentado en términos económicos y de importancia dentro de sus zonas de influencia.

Durante los últimos años se han acrecentado las intenciones de un gigante surasiático de formar parte en la mesa chica del poder. Se trata de la India, país que en el último tiempo se ha interiorizado aún más en la coyuntura internacional. Desde la cancillería india se han revelado algunas señales que dan cuenta de sus intenciones de tomar cartas en la reforma del Consejo de Seguridad, haciendo hincapié en las negociaciones intergubernamentales como sustento de la misma.

La candidatura de la India trae aparejada la posibilidad de hablar de un representante de Sudamérica en esta hipotética renovación. Es que durante el último año el país asiático ha revalidado sus intenciones de mantener fuertes negociaciones en el marco de la Cooperación Sur-Sur, y es por eso que la idea de una entrada en conjunto con Brasil podría hacerse realidad. Más allá de sus vaivenes institucionales, Brasil continúa demandando su ingreso como miembro permanente al Consejo de Seguridad, siendo sede en reiteradas ocasiones de reuniones internacionales con el objetivo de concretar el proyecto. El reclamo brasileño se basa en la necesidad de una actualización en la composición de un Consejo que se formó antes de la formación de nuevos países con potencial tanto estratégico como económico.

Otro de los aspirantes es Japón, país que luego de haber perdido la Segunda Guerra Mundial se vio imposibilitado de ser miembro permanente. Actualmente Japón es uno de los principales aportantes económicos de la ONU, sobrepasando incluso a la mayoría de los miembros permanentes del Consejo. Pero su candidatura ha generado disidencias dentro de la comunidad internacional. Más allá de contar con el apoyo de numerosos países, en particular del occidente asiático y Europa, la propuesta japonesa ha causado fastidio en sus cercanos del este asiático. Particularmente China, Corea del Sur y Corea del Norte son quienes no verían con buenos ojos su inclusión a la mesa chica del Consejo, teniendo en cuenta los conflictos territoriales y bélicos experimentados en el pasado.

Finalmente aparece Alemania, que desde hace tiempo se perfila como uno de los principales colaboradores de las Naciones Unidas. No solo en el plano económico, sino que en materia logística el país europeo ocupa un lugar importante en el funcionamiento de numerosas misiones internacionales. A simple vista pareciera que Alemania tiene los deberes al día y debería ser incluida sin mayores problemas. Efectivamente, no es entre los miembros permanentes entre quienes genera rechazo la postulación alemana (algunos de ellos se han manifestado a favor en reiteradas ocasiones) sino entre algunos de sus pares europeos, quienes no se quieren quedar atrás y prefieren una plaza común para la Unión Europea.

CUENTAS PENDIENTES
Las próximas sesiones ordinarias de las Naciones Unidas tendrán lugar en la ciudad de Mar del Plata (Argentina) durante los días 18 a 20 de septiembre. Se espera que el clima de negociaciones sea algo agitado ya que de momento se perciben al menos tres propuestas de cara a una futura e hipotética reforma del Consejo de Seguridad. Aunque el juego de alianzas puede cambiar, y el hermetismo de las administraciones no ayuda, se esperan posturas coherentes con lo que hasta ahora hemos escuchado en declaraciones públicas.

Se espera que una primera propuesta surja del núcleo más cercano a los Estados Unidos de América, que contaría con el previsible apoyo de sus aliados en la OTAN (no todos). Aunque la idea de cambiar no contenta al gobierno americano, se espera que ante la presión internacional se presente un proyecto que plantee una ampliación proporcional de todos los miembros del Consejo. Es decir que podrían agregarse cinco nuevos miembros permanentes y diez no permanentes, quedando el total en diez permanentes y veinte no permanentes. En este caso, la elección de los nuevos permanentes (los actuales continuarían ocupando su lugar) se daría mediante un Comité Especializado conformado por un representante de cada uno de los permanentes actuales, el Secretario General de las Naciones Unidas y tres delegados designados por votación de la Asamblea General. Cabe aclarar que la idea de eliminar el poder de veto no se pondría en discusión, pero los nuevos cinco permanentes no contarían con este derecho.

Países que se han manifestado a favor: Reino Unido, Israel, Emiratos Árabes, Japón y Chile.

Otra alternativa parece ser, a primera vista, la más inviable, aunque en la actualidad lograría recoger los apoyos de todos aquellos países que no se han sentido representados por los organismos internacionales hasta el día de hoy. Más allá de que no se sabe a ciencia cierta quien sería el encargado de encabezar el proyecto, se espera que tanto parte de la Unión Africana como los países nórdicos tengan gran influencia en la confección del mismo. La idea, según la información recopilada de distintas cancillerías, giraría en torno a una remodelación completa del Consejo de Seguridad, pretendiendo su ampliación a veinticinco miembros. Dos cuestiones fundamentales son que ninguno de ellos tendría carácter permanente, sino que rotarían de a mitades en períodos de dos años. Por otro lado, esta propuesta eliminaría el poder de veto para todos sus miembros.

Países que se han manifestado a favor: Dinamarca, Cuba, Sudáfrica, Nigeria y Corea del Norte.

Por último, encontramos a la posición más conservadora y evasiva con respecto a la renovación. Todo indica que el gobierno chino no parecería para nada interesado en discutir actualmente la reforma del Consejo. Los motivos son variados: por un lado, no parecen tener intenciones de enfocarse en el crecimiento de la organización internacional, considerando que una actuación activa en la reforma del órgano traería consigo un aumento en los aportes económicos a la misma. Por otro lado, la enemistad entre China y Japón a lo largo de la historia se presenta como un obstáculo, y no parece que Japón pueda perder en esta oportunidad la chance de ingresar a la mesa chica del poder.

Países que se han manifestado a favor: Corea del Sur.